En el paso de los años, a pesar que exista un entendimiento de grupo, socialmente la verdad es incomoda y más aún cuando se participa en el proceso de encontrarla. El hecho es que ese descubrimiento, implica pensar, asumir una posición, medir, confrontar y reproducir. Mucho trabajo, cuando el único trabajo que se acepta es el de la supervivencia. No hay que recurrir a los complicados discursos filosóficos, ni tampoco a los aburridos argumentos, pero pueden relacionárseles a esa verdad para volverla aburrida y crearle una etiqueta de desconfianza e incomprensión. Pero, independiente del resultado final, de esa conclusión, el proceso mismo, medible genera un temor. Y en las religiones humanas, la verdad, genera la ira, el pecado y ese temor de los dioses contra el valor de los hombres. Hace mucho calor para ser las diez de la noche. Aquel licor verde que traía de los Alpes a los Andes le hacía soportar ya su reiterada falta de la imaginación que quería y de la retención de información que le permitía construir algo nuevo. Pero se algo nuevo se había perdido en aquellos viajes de bus interminables de adolescencia, en las frustraciones y en como esa lucha contra el destino, lo condeno a la mediocridad de una vida en una ciudad sin escape. Salvo cuando lograba partir, pero por alguna razón siempre volvía. Y no había ya una razón romántica suficiente para permanecer entre la mentira aceptada de toda una sociedad que estancada, ni siquiera decae.
Un filosofo diría que lo que más condena la verdad es que puede ser subjetiva y objetiva. La divide. Pero, pensando en aquella lógica y razón, no puede ser limitada hacia la opinión, sino independiente de esa percepción y de esa concepción, se sustenta por una prueba y es fruto de un razonamiento lógico y experiencias, tanto aquellas que conforman una historia como la posibilidad de una reproducción y confrontación. El resto, hace parte de ese discurso que al mismo tiempo crea dioses, vírgenes y excusas. Siempre miraba con nostalgia la luna, sobre todo por lo que no fue, no como un anhelo, sino en los momentos en los que aquello que estaba alrededor de él, aquello que debió reaccionar de alguna manera ante su acción, no lo hizo, ni siquiera algo contrario, simplemente, nada. Y esa ausencia de actividad, esa nada que ni siquiera era oposición o rechazo, generó un bloqueo en el cual ni siquiera la pregunta podría plantearse: ¿cuál?. Y hasta allí podía intentar (dos posibilidades, ninguna certeza) decirse algo.
Un ciudadano, simplemente se quedaría con la verdad que no lo condenará o más bien, que lo mantuviera alejado de cualquier responsabilidad o sospecha para poder ser ajusticiado: o inocente o culpable. Un individuo, en su egoísmo, pensaría en aquella verdad personal que no necesita evidencia. Solo su emoción, ni siquiera su percepción, pues igual tenerla o no, lo sentencia por otros y no hay nada como la ausencia de un veredicto, incluso cuando es necesario. La ausencia de condena, absuelve independiente de la necesidad de inocencia o el reconocimiento de la culpa. Ignorar, falsificar, no pensar en la verdad es el estado ideal en una sociedad en la cual la construcción colectiva garantiza un privilegio para una persona. Y eso es más que suficiente. Olvidaba. Y el olvido ya no lo desesperaba porque sabía que era algo patológico y que no tenía nada más que hacer, ni siquiera ignorarlo o volverlo visible a sus cercanos. Por eso, cada vez pintaba más, antes que aquello que era en ese momento simplemente fuera un recuerdo, una condena hacia la lástima y hacia lo que hubiera podido ser. Lo que hubiera podido alcanzar. ¿Qué? no lo hizo y no hará. En un futuro, sin importar el quizás, alguien se reconocerá en sus trazos y aquellas pinturas harán parte de la memoria de los hombres cuando perdieron su idioma, sus nombres y su tiempo."
