Asumir la responsabilidad en un mundo de culpables e inocentes es difícil. Es mejor hacer pensar que los otros conspiran contra la propia felicidad, repitiéndolo. Lo común es esa necesidad compartida y extendida. Y claro, el mismo silencio, la ausencia de respuesta o de asumir garantiza los famosos borrones y cuenta nueva. Pero, ¿qué gana la humanidad con eso? Lo común, es el deseo y la ambición, la frustración y el deseo de un premio inmediato, aquel éxtasis y acumulación necesaria, sin importar sin en una hora se muere. Ella no era común. Lo supo desde que la conoció. De ahí que fuera deseada y libre. Lo común era su comportamiento en el que los deseos y ambiciones se mezclan con las necesidades y frustraciones. Aquella noche, ella reconoció que lo amaba, pero no podría decirlo y menos a él. Lloró tiempo después, no por él, sino por ella, pero su arrogancia (no su orgullo) le impedían reconocerlo. El lo sabía y lo lamentaba. Las palabras pudieron venir de ella incluso tiempo después y aunque nunca fue tarde, ya no se trataba solo de tiempo, sino de distancia.
No se trata de cuánto se ha vivido ni lo que queda en tiempo, sino de la vida misma. De las decisiones, las acciones, las palabras y las caricias. Aquel legado que sin duda, así sea individual, importa, esperando la verdadera influencia y herencia que va mas allá de cualquier acumulación. Lo común, así se niegue, es que la vida por si misma tenga ese sentido que va más allá del placer o de las supuestas herencias. Cada humano, independiente de sus creencias sinceras o fingidas, comparte ese temor y esa satisfacción. Había soñado con ellas simultáneamente, como fue en el pasado, como si fuera un personaje múltiple, solo que al final tenía que tomar una decisión. La única que tomó fue no buscar olvidarlas, pues en realidad las decisiones fueron tomadas por ellas al dejarlo. Y él, a pesar de todo, incluso de mucha de su negación, entendió que la decisión era de ellas y no suya. En el tiempo, en los sueños, en esa múltiple vida que se volvía paralela cada vez que cerraba los ojos, estaba con ellas y las veía a los ojos, hacían el amor y dormían juntos, atrapados entre esa y otras vidas, hasta que abría sus ojos hacia la realidad. ¿Cuál? No reconocía cuál, salvo aquella en la que en soledad, despertaba, sonriente.
Culpabilizar en un mundo de persecuciones y versiones por encima de cualquier verdad o sentimiento es fácil. E incluso pareciera justo, ante siglos de opresión, atropellos y rabia contenida. Seguramente muchas páginas y cuadros seguirán siendo quemados bajo la premisa de la decencia, la moralidad y la legalidad, pero incluso la maldad debe buscar ser comprendida. No aceptada. Pero pareciera, que se trata de venganza ante todo y de reivindicar el odio, de manera hipócrita. No se trata de entender, a pesar que reconocer esa verdad y encontrar un poco de razón, en realidad libera. La sicodelia y el sonido de la guitarra de manera hipnotizante era perfecto para mantener su imagen, por todos estos años, que pudieran ser siglos. ¿Acaso habría que desear otro cuerpo, otra sonrisa, otro sexo mientras estuviera con ella? Ella no piensa igual, pues su rabia puede más que cualquier cosa, a parte de sus angustias, que en medio de todo, la ahogan y le impidieron ser libre. Siempre dependería de alguien, de su sexo y de ese silencio que cada vez era peor. Aquella noche, fue de las últimas en las que era libre. Y no lo sabía.
La libertad debería ser algo común. Como el sentido de justicia, empatía, amor y pasión, con todo lo que representa. Pero, pareciera que la revancha, el odio, la codicia y la deshonestidad quisiera mostrarse como lo que es común, para sembrar la desconfianza en todos, sin la posibilidad de entender y reconocer. Hay, sin embargo, quienes minoritariamente son libres y creen en la vida y en lo que un humano individualmente llega a asumir, a pensar y a realizar. Juntando esas individualidades maravillosas, se logra una comunidad. Minoritaria en teoría, pero es la que hace que la misma humanidad persista. El sonido de las guitarras y de la batería persistía a pesar de la pereza de la tarde. Si, en diez minutos oficialmente en estas tierras sería de noche, en diez minutos buscaría que comer y comenzaría a preparar su viaje, pues había logrado que su vida fuera así, aunque desearía que se tratara de viajes mas constantes e interminables. ¿En busca de qué? Simplemente partir para que otros puedan permanecer. Lejos, realmente no le importaba si era olvidado o recordado. Su mente y vida en general esta lo suficientemente activa en esa realidad de la jornada como para pensar en el recuerdo. Es común entre los viajeros, sólo que los que no lo son, no lo entienden y por eso buscan encadenar, bajo cualquier pretexto a quien es libre y parte, así sea para que ellos permanezcan en su sitio cómodos."
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