Alguno tendrá que asumir las culpas de esa rabia ante la injusticia. Ese deberá tener esa fuerza para quitarles el poder a los opresores, permitiendo que aquellos que realmente resisten contengan la maldad y que el terror causado por los tiranos se vea amenazado, y en esa amenaza, los que tienen miedo y guardan silencio cómplice vean algo de esperanza y decidan unirse para vencer el terror. Entonces, los crueles tendrán miedo, pues ellos, a pesar de lo que se muestra, son débiles y cobardes. Su poder se basa en el vasallaje y el miedo. Y en su miedo se inmovilizarán y traicionarán entre ellos, no por mucho tiempo. Es ahí que la justicia debe llegar antes de que ellos repliquen y contrataquen, porque la ira no es suficiente y su rabia, al sentirse perdidos, será peor. La humanidad entonces traerá la justicia e incluso esa justicia caerá sobre el vengador y él, que ya aceptó su responsabilidad y su culpa, recibirá su castigo. La humanidad, entonces, deberá recordar que no debe haber más tiempos de venganza. Y que no se trata de justicia divina, sino de vida, de humanidad. Esa humanidad que se crea con la compasión y la cooperación. No aquella basada en la codicia, pues sí, pueden haber ambiciones compartidas, la curiosidad y el juego, pero no aquella que conlleva la aniquilación. Tanto asesino en serie en ese país y ningún se había atrevido a matar por una razón válida, por los otros. Incluso para ser estudiado y pasar a una posteridad en la que, entre los videojuegos, los ritmos, el sexo y la hiperviolencia mediática, se encargarían incluso sin temor de usar su nombre. Entonces, ahí fue cuando se dio cuenta de que el humano, en medio de su violencia, solo lo es mientras se mantenga su conveniencia. No son tan locos. Solo son oportunistas. Pero ¿y si no son tiempos de justicia, sino de venganza? Es una pregunta válida ante la crueldad legalizada. Y verla en una pantalla no la hace más digerible, ni fingir que no pasa nada. Buscó entonces un trago de algo. Cualquiera. Sentía hastio y vergüenza. Él se había creído esa mentira por la misma conveniencia que le permitía, en su privilegio, pensar que son otros los que mueren y no sus vecinos o su familia. Aunque alguna tarde y no necesariamente en este invierno, llegará su hora y entonces la respuesta a aquella pregunta tendrá sentido. Aunque ya se sabe cuál es.
La humanidad que coopera y ayuda al débil, al herido, para perseverar y avanzar juntos es aquella que creó sociedad y, sí, civilización. La misma que se sorprende ante la diversidad y siente curiosidad por los otros. No odio. Es la misma humanidad que decide no destruir, sino construir. Juzgar y penalizar, mas no aniquilar. Sino incluso, en su razón, tratar de comprender con compasión a aquellos que van contra la vida misma. Hay muchos seres humanos que se niegan a creer que el hombre es malo por naturaleza, pues la vida es creación, evolución, percepción. La humanidad que entre pares no subordina, sino que coordina y colabora realmente, muchas veces por la idea simple de divertirse o por curiosidad. Por resistir, y no ante otros humanos siempre. Aunque llega el tiempo de hacerlo ante otros cuya codicia y mezquindad amenaza la vida misma. —¿Acaso no demostró ese amor tan grande, al lavar todos nuestros pecados con su sangre, liberándonos de ese pecado original? —gritaba con emoción el cura desde su púlpito, en ese sermón de domingo. Entretanto, él empuñaba su espada, pues fue por amor que había querido y logrado llegar a ser un caballero, por su Dios, por su rey y por su hogar. Pero solo había servido a preservar la codicia y la maldad. Solo había recibido la traición y por eso había huido, pero aun así no dejaba de ir a esas misas, en cada uno de los pueblos que recorría, huyendo cada vez más hacia el norte, sin entender por qué. ¿Por amor? Tal vez, pues, no quería ser aquel vengador, pues era tanto lo que podría salir de odio de sí mismo que el terror mismo generado por los generales de su rey quedaría minimizado. Él, solo un hombre. Un caballero que se decía que no volvería jamás, que tenía bajo su manta unas bolsas de oro y plata que le daban lo suficiente para su viaje y, claro, su espada. Alguien cuya rabia lo invadía ante la injusticia, pero después de aquel sermón, pensó en que su amor era más grande que su odio y que no se trataría de llevar la rabia al punto de la venganza, sino el viaje que había recorrido hacia la justicia, lejos de su rey, y de un lugar que ya no volvería a ser su hogar. Al salir de la iglesia, vio a unos niños jugando a algo que no era matarse. No comprendía el juego, pues siempre había visto niños con espadas de madera, el uno contra el otro, igual riendo. Los dos niños eran de diferente cuna; se notaba que uno era hijo de algún noble local y el otro, quizás un niño de la calle. Ambos reían, se divertían y no existía esa clasificación social. Los observó jugar hasta que se despidieron. El niño, hijo del noble, fue y le dijo algo a su padre, que no lo reprendió para nada y, sonriendo, le dio una bolsa con algo. El niño corrió hacia su amigo callejero y se lo entregó. Ambos rieron y se despidieron prometiéndose ver al día siguiente. Luego ambos desaparecieron, cada quien por su camino. El caballero entonces no pudo pensar en nada más. Sonrió igualmente. Llevaba mucho tiempo que no lo hacía.
La justicia debe ir más allá de la leguleyada. Aquella que, en norma escrita por los poderosos tiranos, aprovechándose igual de las frustraciones y de sus lacayos, inmoviliza a quienes razonan y ven la legalidad como honorabilidad y bondad. No de oportunidad, que es lo que se ha querido utilizar la norma para un contrato social que solo beneficia a unos y hace que los otros simplemente aguanten y se sometan ante la maldad legalizada. Entonces, ¿acaso serán necesarios otras alegorías y otros mitos en los que un demonio decida aceptar todas las culpas? O un ángel. O un dios o un semidios. O un humano. O un grupo de ellos, sometiéndose al final a la justicia, para que no se olvide que ellos, como los tiranos, también hicieron mal, por venganza, ante la falta de justicia humana. Tomaba un poco de aquella bebida de monjes, convenciéndose de que la justicia divina no existe y que esta es un engaño para causar la impunidad de los poderosos, ante los idiotas, bajo la complicidad de los imbéciles. ¿Y mientras llega la justicia de los hombres? Da miedo pensar en la venganza, pero hay quienes asumen todas las culpas, ante el terror. Busco otro trago; al fondo estaba el desierto y uno de los caminos que seguro seguiría, pues ya estaba cansado de estar en el mismo lugar, con los mismos recuerdos, ante la impunidad, ante la deshonra y el engaño. El desierto —se dijo mientras recordaba a San Hugo y a San Bruno. ¿Coincidencia mientras tomaba aquel elixir verde? En todo caso, no intentaría quedarse a no hacer nada y a rezar a algo que no creía del todo, pero tampoco era lo suficientemente fuerte y suertudo. Aunque pensaba que tal vez podría inspirar si no a la justicia, sí a la venganza, y asumiría la misma culpa de los vengadores que compartirían con los tiranos. Le gustaba eso. Así que dejo salir una risotada antes de tomarse el segundo trago de aquel licor verde, tan humano como espiritual. "
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