Podría pensarse que cada vez es peor, pero la verdad es que la hipocresía al menos disminuyó y que el descaro y la maldad son visibles. Tal vez el problema radica en la cobardía de muchos y en la insolencia de aquellos otros. O más bien, esa desvergüenza, que a muchos los deja anodados, pues la sorpresa ante esa clara mezquindad solo puede inmovilizar. Ellos, los mezquinos, quieren a los otros aprisionados, con la rabia en sus corazones que ellos mismos tienen por sus frustraciones y codicias, quieren que el hastio marchite las pieles y acabe las sonrisas. Pero afortunadamente hay quienes luchan. Y quienes celebran y acompañan esas luchas, desde aquellas dadas por las pequeñas cuestiones hasta aquellas que son grandes y ponen en riesgo la vida misma. En mi orgullo, me sentía vulnerado. No por ella, sino por mí mismo. Por ese romanticismo. Por cometer esos errores que hacen que otra vez espere algo que nunca va a pasar. Yo, que peleé contra esos dragones, aunque ahora, mientras el lago se congela, quiero ser egoísta y estar en paz. O al menos lejos de esas batallas pérdidas, en el tiempo y de tiempo. En el que ellos, ante la injusticia, encontraron mi espada. Y hoy, son más injustos y apáticos, mereciendo su esclavitud. Aunque no todos. Igual, si dejo que su ira me invada en mi corazón y en mi mente, ellos ganan. Pero tampoco puedo dejar que su avaricia les dé los frutos esperados, por mi apatía y mi silencio. Por mi aguante.
Si bien hay quienes creen en las voluntades divinas o en los karmas, la verdad es que la justicia humana es la válida. Y la justicia en sí, siguiendo los pactos sociales, leyes, criterios y sentido de vida, si la fraternidad, que es una característica humana, y la solidaridad que permitió crear civilización se valoran, la arbitrariedad, el abuso, el atropello se verán confrontados y derrotados. ¿Acaso no se reconocen los humanos como seres sociales y empáticos? Y no. No es una cuestión de olvido, sino de saber recordar y aprender. Incluso de aquello que la propaganda hace que se disfrace de valentía, cuando en realidad es simple opresión. Entonces, hay que celebrar a aquellos que, dignos de humanidad, se reúnen y piden justicia humana ahora. No para después en la historia cuando el pillaje y la masacre han sido ya garantizados. No para supuestas reencarnaciones o infiernos, sino para ahora, cuando puede haber reparación, culpabilidad o inocencia. Pero nunca olvido. Aquella noche de invierno, podría pensar en muchas cosas mientras tomaba un poco de aire en aquel hostal de la vieja ciudad. No compartía con nadie nada, pues era invierno y no era temporada de vacaciones. Miraba a través de la ventana, con esa hoja en la que había comenzado a escribir y aquel lápiz en la mano. Suspiraba. Tenía algo que decir, pero bueno, soy quien nunca se recuerda. Y no, no me victimizo. Me reconozco. Pienso que a lo mejor un simple hola, un simple gracias hubieran sido suficientes si de verdad había tanta importancia, pero no. ¿Por qué? Porque se trata de arrogancia, de apreciación. No de valor. Pero yo, en eso nuevo que sí tenía que decir, te digo que tienes valor. Que, contrario a lo enseñado, eres una persona valiosísima y que, a pesar de que me prohíbes decir tu nombre, este se recuerda. Pero bueno. No estoy en la prioridad de tus pensamientos y eso se entiende cada vez que se ve el cielo estrellado y pienso en todos los mundos que hay para conocer y reconocer, no para olvidar.
Puede que algunos griten más que los demás y parezcan tener más poder que todos. No es cierto. Aunque sí tienen el terror y la voluntad de sus seguidores que están igual de atemorizados que las víctimas. Y muy pocos en realidad tienen ese odio en ellos. Entonces, en ese orgullo humano, surge la pregunta de qué hacer. ¿Qué hacer entonces? Y las respuestas son individuales, pero buscando esa colectividad, es comunidad. Divididos, se garantiza la fragilidad, sino la debilidad misma. Pero los humanos, la suma de cada uno de ellos, hace humanidad. No la renuncia a la vida misma por arrogancia y estupidez. No el silencio ante los gritos de maldad de los otros, ni tampoco el olvido. La apatía. ¿Orgullo? ¿Respecto a qué? ¿Hacia la muerte misma? Entonces el individuo cuenta y, como con los otros, como se ha escrito tantas otras veces, se unen ante una visión común. No serán todos los que se tomen de las manos, pero sí aquellos que sean lo suficientemente valientes y poco mezquinos para que, incluso, como ha pasado en todas las historias, al vencer la injusticia, los cómplices de ella se vean beneficiados. Eso, desde las minorías, garantiza igual, humanidad. Había aprendido que la comunicación es en dos sentidos. Y que tampoco se trataba de que algún día, después de tanto tiempo (normalmente por algún tipo de favor o arrepentimiento que va más allá de él mismo), fuera nuevamente contactado para destilar odio. No. A veces sí podría garantizarse el derecho a odiar y recriminar, pero al ser consecuente, ya no valía la pena y se trataba simplemente sin olvidar darse (más que darla) esa oportunidad. Podría guardar ese odio en su corazón y buscar la venganza, pero, mayoritariamente, sabía que, como buenos y contradictorios personajes, siempre había la posibilidad de amar y no de odiar. ¿Por qué hacerlo entonces? Es una buena pregunta. Y las respuestas, cuando no se olvidan en realidad, permiten comprender, comprendernos. Y entonces responder. Entonces, tomar la iniciativa. Eso sí da orgullo. A pesar de la tristeza de la no respuesta."

No comments:
Post a Comment