Sunday, November 30, 2025

Deseo de Revancha

(Transformación de una imagen de France 24)
"No es fácil encontrar las palabras muchas veces, y más ante el agobio de todo el ruido que hay de todos lados y que sí, atraganta, ensordece y satura, sin dejar un espacio para que las propias ideas puedan organizarse, sin dejar un momento para la expresión propia, incluso íntima. Se cae entonces en el mutismo, pero es terrible que el humano entonces calle, garantizando que la apatía parecería que reinara y así se le dé ese espacio a la miseria y la opresión. Esa misma que ahoga. Esa misma que llama a cómplices de la miserableza. La frustración propia y la avaricia hacen que se tomen las decisiones por razones cómodas, sacrificando al que ellos consideran prescindible, desvalorizando al humano y, peor aún, a los que realmente son extraordinarios, garantizando que la envidia y la codicia ganen. Y es así como contribuyen a la injusticia. ¿Qué paz o qué desarrollo podrá haber sin justicia? Ellos, en su complicidad, se protegen en sus dioses, acomodan sus leyes y crean normas ignorando la verdad, la razón, la empatía y logran que incluso su propia humanidad se cuestione, dejando que aquello que se llama humano sea lo mezquino y malevolente cuando no es así, no es únicamente eso. También se protegen en la apatía y la envidia de los otros, para mantenerse, en teoría, intocables. Es triste, porque así se fomenta el deseo de revancha, de venganza. Se servía aquel vaso de whisky, sonriendo, burlándose de sí mismo al reconocer que, nuevamente, por una mujer, sin obtener nada a cambio, había tomado una decisión estúpida. Él, que había tenido tres amantes en el año y había no solo besado aquellos maravillosos y diferentes labios, sino también compartido su cama y sus canciones antes de continuar hacia otro puerto. Sin ser marinero, solo un viajero. Un eterno extranjero, que en su casa (si es que eso existe) es llamado extraño. Se sentía estúpido porque al verla a ella, no solo le encantaba escucharla, sentir su sonrisa, aquel brillo de sus ojos, su cabello cobrizo, sino también sentir su calor. Esa parte, igual a ella, le gustaba.  Pues él era un protector. Pero solo hasta ahí. Entonces, volviendo a él, se sentaba frente a la chimenea en esa noche de un invierno que prometía ser extraordinariamente frío, con el único ruido del crepitar de la leña quemándose y su sonrisa que poco a poco se convirtió en risa. No amarga; ya no estaba para eso. Tomó un trago y sintió el ardor de aquel whisky en su garganta. La sonrisa terminó. Sí que quería hacerle el amor, pero no terminar ahí, sino caminar incluso, como en otras historias, tomado de la mano de ella por la Rue de la Poste hacia el puerto y zarpar juntos, al menos una vez. 

Es el sistema humano predominante que ha establecido la perennidad y convierte, a conveniencia, a los individuos en elementos desechables. Una cifra que puede borrarse por garantizar un beneficio más, o el egoísmo y la envidia que acompañan no solo la mediocridad, sino lo nefasto de alguien, haciendo que tristemente los principios, compromisos y valores que se puedan haber creado se cuestionen. Pero la verdad es que hay que partir donde esos principios y compromisos son simplemente un eslogan, pues ¿qué valores pueden tener si aseguran no solo la injusticia sino también el desprecio? Entre sus resos y lágrimas, hipócritamente encuentran su regocijo, y hay quienes, como ellos, acompañan esas lágrimas y ritos que, por supuesto, son importantes que sean vistos.  Caminaba por aquel parque a pesar de que la lluvia amenazaba con iniciar en cualquier momento. Yo lo observaba; sus años de servicio y sabiduría eran admirables, y el sonido de ese clavicornio lejano, en alguna calle perdida entre las murallas de la ciudad, le daba cierta solemnidad al paseo que teníamos en ese momento. Él hablaba sobre la paz de la manera más erudita posible. Yo lo escuchaba, pero mis pensamientos iban hacia otro lado. Pensaba en cómo sería una verdadera reconciliación. Para lograr la reconciliación, debe alguien dar el primer paso. Pero se espera que sea yo. Y a pesar de que lo he dado, no solo una, sino varias veces, se toma como debilidad, se me acusa de tonto y, sí, incluso se me atribuye culpabilidad. Ya no confío en quienes escriben la historia y en quienes la cuentan en este presente, pues así se buscará con mis primeros pasos muchas veces esa reconciliación, que permita nuevas vidas, puede más la arrogancia y la mentira propia que aquel amor y la buena voluntad.  A veces entonces, aparece en mí el deseo de revancha. No, en realidad, de venganza, pues le daría a esta última un nivel más alto, agresivo y violento. Pero eso realmente no es cierto. Ellos, ellas, han obtenido su venganza, fundamentada en lo injusto y la mentira. Me han pisoteado y burlado. Yo, sin embargo, reconcilio y no logro hacerlo realmente conmigo mismo como debería. Igual soy conciliador y he entendido las decisiones tomadas por los otros, por las otras,  como lo que son. Les tengo compasión y desearía dejar de pensar en ellos, en ellas, para poder pasar, como ellos, como, sobre todo, ellas, lo hicieron desde sus mentiras, a otras cosas. Comenzó a lloviznar justo a tiempo para entrar a aquel pub a buscar un poco de cerveza y algo que masticar mientras se continuaba conversando.

Se diría que la constante injusticia garantiza la apatía, pero, afortunadamente, hay quienes no guardan silencio y, al menos, en sus círculos, cuestionan, hablan e incomodan. Algunos toman esos residuos de conversación y los llevan del susurro a la consigna, a la denuncia y a la confrontación. Es ahí cuando la humanidad acaba con los argumentos en torno al oportunismo y la comodidad para garantizar la impunidad, en teoría, exista una calma, pero no paz. La propaganda no logra que el eslogan sea lo suficientemente fuerte y, al contrario, revela la pobreza, la dureza y la simple mala fe. O más bien aquella fe alimentada por la codicia. Aquellos que no guardan silencio son libres, mientras ellos, los que están amordazados por la comodidad, son simples prisioneros y esclavos que nunca se librarán: sus miedos y ambiciones los tendrán sumisos por siempre. Y no hay poder humano que pueda liberarlos, además de que ese poder debe garantizar que aquellos que son valiosos no crean aquel discurso de la prescendibilidad y apoyen la fraternidad y la justicia. Ella, sin decirle nada, me recibía con un beso. Sus ojos, que es lo que más recordaba, se fijaban en mí y simplemente me dijo que yo no lo iba a hacer, que yo no iba a tomar esa iniciativa, y que comprendió que era una tarea de ella.  Igual estaba absolutamente segura de que yo no la rechazaría, que yo la deseaba y que sí, había comenzado a amarla.  Todo era cierto. Aquella noche, fui yo quien tomó la iniciativa de pasar de la ternura a la pasión. Y entonces aquella mirada galante se convirtió en esa mirada de deseo, de mujer, y su cuerpo recibía no solo mis labios, sino también la pasión que la reconocía a ella como amante. Y ella a mí igual, su amador. La galantería entonces se transformó en voluptuosidad y nuestros labios pasaron de aquella sonrisa a un erotismo que solo a veces los artistas logran plasmar en algo descriptible. Al llegar más tarde en la noche, no había el afán de partir. Fusionados, desnudos, sonreíamos y la ternura volvía a nuestra vida.

En realidad, más que un deseo de revancha, es un deseo de justicia por quienes creen en el valor de la reflexión y de la verdad. Hay quienes esperan la justicia divina, pero las decisiones son humanas y es precisamente la justicia humana la que se debe no solo exigir, sino garantizar. Un ser humano honrado y objetivo no es el piadoso, el rezandero ni el obediente. La honradez implica ecuanimidad, objetividad, razonamiento y, sí, incluso empatía, que es muy diferente de la confabulación. Si es por divinidad, como está escrito en los libros religiosos que la mayoría de los seres humanos creen seguir, hay un deseo y una garantía de venganza, pero la venganza no es justicia.  Y la supuesta voluntad divina no debe excusar la intención individual, la resolución y las decisiones humanas. Al contrario, debe responsabilizar antes que culpabilizar e inocentar.  De todas maneras, a pesar de la maquinación conveniente, ellos saben cuando hacen las cosas mal y sus lágrimas públicas y oraciones a sus dioses en voz alta no son lo suficientemente creíbles. Él le había respondido con cierta sorpresa, después de todos estos años. Ya llevaban unos días interactuando, y es la facilidad de cotillear digitalmente, sin esperar a verse o hablar. Ella le escribió en primer lugar y tenía la excusa para decirle que había sido un error si él comenzaba a recriminarle algo. Pero no lo hizo. Lo cual la sorprendió. Ella, por las razones que fueran, fue la que le dejó de escribir de repente, a pesar de que su historia había caducado. A pesar de sus decisiones, que no fueron para nada divinas ni empujadas por algún ente demoníaco o angelical, sino simplemente porque la vida humana no es una, sino muchas vidas, él respondía amablemente. Luego no respondía, sino era él, quien saludaba de primero.  Eso le dio a ella la paz necesaria que le permitió nuevamente pasar a otra vida."

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