El marginarse del sistema social humano, de la manera mas abrupta, causa frio, hambre y una muerte lenta. Quizás en algunos casos, esa marginalidad por algún tiempo puede considerarse romántica, pero al final, los seres humanos son agrupaciones sociales. Sin embargo, hay quienes mentalmente (o espiritualmente tomándolo en un sentido), son observadores y logran no estar dentro de ese mecanísmo de lucro y beneficio constante. No necesariamente artistas, ni mucho menos humanos piadosos y creyentes. El beneficio esperado los lleva a fingir, pero aquellos observadores tienen la posibilidad de moverse desde las ideas y no causar la atención de nadie, ni para ser dejado de lado o penalizado, ni para ser exaltado. Al menos no por los tomadores de decisiones y sus vecinos, pero si por otros, que siendo pocos, notan que son libres. El sabor de café lo invitaba aun segundo café. No habría una escritura en aquel cuaderno rojo, ni tampoco una lectura (en aquel libro que curiosamente igual tenía su tapa roja), pero si saborear el tiempo que podía robarle a un sistema que se había simplificado, tras años y años de intentar descifrarlo, y que simplemente con sus años, había recibido el aprendizaje definitivo tras los sucesos que se repetían ciclícamente. Y podría decirse que cínicamente. Pero eso no le causa ningún tipo de pesimísmo, al contrario, el descifrarlo le daba libertad y cierta tranquilidad pues sabía que debería hacer o aparentar hacer. La apariencia, le daba la posibilidad de mostrar un supuesto deber ante un sistema vigilante.
Entonces, las ambiciones ciudadanas son enmarcadas sin duda, y los logros (legales o ilegales) se ubican dentro de un ambiente aceptado, soportado. ¿Y aquellas que de alguna manera, generan una disrupción en la humanidad misma? En realidad (sin el tal vez), hacen pensar que la humanidad supera la ciudadanía, y da un poco de optimismo en medio de la regularidad de la civilización. Una estabilidad garantizada y monetizada. El segundo café estaba preparándose mientras los minutos robados a la jornada permitían los trazos en aquel lienzo. Hacía frio, no tanto como en aquel ático en Paris que extrañaba a pesar de la riqueza y los espacios que tenía ahora, pero que al menos, tendría una musa de verdad, después de hacerle el amor, sin pagarle, inspirándolo realmente y amaneciendo con él sin importar que fuera lunes o sábado en la mañana. El tenía (y ella, que amanecía con él) el privilegio de no pensar en horas, sino en años. Sin embargo, desde que regreso, cada vez era menos cierto eso y muchas de aquellas mujeres que ahora pintaba, no lo inspiraban en realidad. Algunas de ellas las había amado, pero su amor no era suficientemente apreciado, pues es una cuestión de precio y no de valor en estas ciudades.
Sin embargo, la estabilidad no causa esa calma esperada para la mayoría sino una angustia constante. La de llegar al final de la jornada, al final de la semana (al fin), al final del mes y al final del año. Siempre ese final que da un suspiro, pero que segundos después, el aliento se guarda porque mañana hay que madrugar pues llega otro dia. Un dia de agradecimiento por seguir la voluntad de los otros mientras que las ambiciones se confunden con las necesidades. La madrugada, entonces, se dignifica (¿y qué es dignificar?) pues la voluntad social o sobrenatural en teoría ayuda. Le molestaba que lo tratará como cuando estaba perdidamente enamorado de ella. Si, por supuesto recordaba con aprecio aquel sentimiento fuerte de adolescencia, pero él, a pesar de lo que atesora en su corazón respecto al amor y la amistad, había vivido decenas de años, amado, sentido, odiado igualmente y entendía que ella lo buscaba cada dos o tres años, aprovechándose (sin un quizás) de ese amor que sintió por ella para conseguir algo de dinero prestado. Sabía que él no se lo negaría, y pretendía usar algo de aquella seducción desgastada. Que él no respondía. Claro, en dos o tres años le pagaría, igualmente. En el caso de él, lo hacía por ese pasado y por la amistad que no tenían, pero que ella pretendía que tenían hoy en dia."

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